LA REVELACION DE DIOS

 

La necesidad de una Revelación

 

Zofar indicó la dificultad de que el hombre lle­gase a conocer a Dios en su pregunta a Job: «¿Descubrirás tú los secretos de Dios? ¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso?» (Job 11:7). La mente carnal es incapaz de comprender a Dios. Las investigaciones científicas se limitan forzosamente a lo material, y los sabios carecen de datos para poder penetrar en el secreto de la realidad espiritual, que se esconde detrás de la «apariencia» de lo que se percibe por los senti­dos. Ha de ser Dios mismo, pues, por su propia iniciativa, quien levante el velo. Esto es lo que quiere decir la palabra «Revelación»: «Descorrer un velo para poner de manifiesto lo que antes fue escondido.»

 

Los medios de la revelación de Dios

 

Por las obras de Dios en la naturaleza (Sal­mo 19:1-6; Romanos 1:20). En el versículo que se cita de Romanos, Pablo insiste en que los idóla­tras quedaban sin excusa, ya que Dios, desde el principio, había revelado «Su eterno poder y dei­dad» a los hombres, por medio de Sus obras en la creación. Lo que se puede deducir acerca de la exis­tencia y la naturaleza de Dios por una considera­ción de Sus obras, con referencia especial al hom­bre, se llama la «teología natural». Por ejemplo, el hecho de que observamos un plan ordenado, tanto en los astros como en la célula orgánica más insignificante, delata la presencia del Gran Arquitecto. Esta revelación de Dios en Sus obras puede ser un principio de luz, pero no nos basta, pues no revela el amor de Dios ni señala ninguna provisión para la salvación del hombre pecador.

 

En la historia. Toda la historia de Israel en el Antiguo Testamento, y de la Iglesia en el Nue­vo Testamento, es una revelación de Dios, quien se da a conocer por Su intervención en los asun­tos de los hombres. «Mi Padre, hasta ahora, tra­baja, y yo trabajo», dijo el Señor a los judíos (Jn.5:17). Los salmistas y los profetas apelan cons­tantemente a esta revelación de Dios para con­vencer a Israel de su pecado y para llamar al pue­blo al camino de la obediencia y de la fe. Para los israelitas, Jehová era siempre el Dios que les ha­bía sacado de la esclavitud de Egipto. Estúdiense los Salmos 105 y 106, el primero de los cuales presenta la obra de Dios a favor de Su pueblo desde el punto de vista de Su propia fidelidad a Sus promesas, mientras que el segundo recapitu­la la misma historia para hacer resaltar la rebel­día del pueblo.

 

Por mensajeros divinamente inspirados. Éstos son los profetas del Antiguo Testamento, y los apóstoles del Nuevo Testamento. De su inspi­ración trataremos en el próximo estudio.

 

En Su Hijo (Hebreos 1:1-3). Ésta es la revela­ción máxima y final que Dios ha dado de sí mis­mo. «Aquel Verbo», quien siempre había expresado el misterio de la deidad y había sido el Agente de la creación, «fue hecho carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria...» (Jn. 1:14 y 18). Tanto el corazón como el pensamiento de Dios se manifiestan en un hombre y en las circunstan­cias de una vida humana. La revelación llega a su punto máximo en la Cruz y la Resurrección. Des­de luego, todo esto se relaciona también con la historia, porque los Evangelios, además de ser Palabra inspirada, son también documentos his­tóricos, de modo que la fe puede descansar con toda certidumbre sobre la Persona de Cristo que en ellos se presenta.

 

En la Biblia. La revelación en la historia y en el Hijo se da a conocer por medio de un Libro Escrito, la Palabra de Dios. Este tema es tan am­plio que lo trataremos aparte en el tercer estudio.

 

La Revelación Subjetiva

 

A la revelación externa, por los medios señala­dos, ha de corresponder una revelación interna, que es obra del Espíritu Santo dentro de noso­tros, quien la imprime en nuestro corazón. Las condiciones que transforman la revelación exter­na en la interna son el arrepentimiento y la fe. Léa­se Galatas 1:16.