LA SALVACIÓN

 

Definición

 

La palabra «salvación», con el verbo corres­pondiente, expresa la idea de la liberación de un peligro personal. Tenemos un claro ejemplo, en la esfera natural, cuando Pedro empezó a hundir­se al procurar andar sobre las aguas, y exclamó: «Señor, ¡sálvame!». La mano del Señor se exten­dió y le puso a salvo, de modo que el incidente destaca tanto la idea fundamental de la salvación como a la persona del SALVADOR (Mt. 14:30). La pérdida de la salud es un peligro de carácter es­pecial, de modo que el verbo se emplea con fre­cuencia en relación con los milagros de sanidad del Señor Jesús. Así dijo el Señor a la mujer sa­nada de su «plaga»: «Hija, tu fe te ha hecho sal­va» (Mr. 5:34).

 

La palabra se emplea mucho en el Antiguo Tes­tamento, especialmente en los Salmos e Isaías, para señalar la obra de Jehová al librar a Su pue­blo de las gentes, y anticipa su salvación final en la Segunda Venida de Cristo. En el Nuevo Testa­mento la palabra «salvación» es el término más amplio que aparece para representar toda la obra de Dios a favor de los suyos hasta tenerlos a todos en Su presencia, libres para siempre aun de la presencia del pecado y fuera del alcance de la malignidad del diablo y de los hombres perver­sos.

 

La base de la salvación

 

Es la obra de Cristo en la Cruz. En primer término, para que fuese posi­ble que una salvación se manifestara, las exigen­cias de la justicia de Dios tuvieron que quedar satisfechas; en segundo lugar, fue necesario arran­car de la mano del Enemigo sus dos grandes armas: el pecado y la muerte. El Señor anunció el propósito de Su ministerio en términos de sal­vación: «El Hijo del Hombre vino para buscar y salvar lo que se había perdido» (Le. 19:10 con Mt. 27:42).

 

La persona del Salvador

 

Los grandes actos de Dios a favor de Israel en el Antiguo Testamento se llevaban a cabo por medio de instrumentos humanos, que se llama­ban «salvadores», como por ejemplo, José, Moi­sés, Gedeón, Jefté, David, etcétera, que eran figu­ra de Aquel que había de venir (Neh. 9:27). Cono­cidísimo es que el nombre de «Jesús» quiere decir «Jehová el Salvador», y que se le dio por indi­cación angélica, porque: «El salvará a su pue­blo de sus pecados.» El título más sublime y completo, que une Su divinidad con Su obra sal­vadora, se halla en Tito 2:13: «Nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.» Lucas se deleita en pre­sentarnos a Jesús como el que se acerca a los necesitados en Su carácter de Salvador univer­sal.

 

El medio de recibir la salvación

 

La salvación tiene su origen en la gracia de Dios y se recibe por la fe del pecador arrepentido: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe» (Ef. 2:8). Un buen ejemplo es el carcelero de Filipos (Hch. 16:30 y 31), pero se ilustra en los muchos casos de los necesitados que acudieron al Señor durante Su ministerio terrenal. Volvere­mos a este tema en un estudio sucesivo sobre «la gracia, la fe y las obras» (capítulo 13).

 

El alcance de la salvación

 

Ya hemos notado que es el aspecto más amplio de la obra de Dios a favor de los hombres. Potencialmente, la gracia de Dios trae salvación a todos los hombres (Tit. 2:11), pero la increduli­dad levanta una barrera entre Dios y el hombre e impide que la corriente salvadora de la gracia llegue efectivamente al hombre rebelde y falto de fe. En relación con el creyente, notemos las tres etapas de la salvación.

 

Pasada. La salvación del alma, en cuanto a su liberación de la condenación, es completa y eternamente segura desde el momento en que confiamos en el Salvador: «El que cree en mí tie­ne vida eterna», dice el Señor (Jn. 6:47). Considé­rense las citas siguientes: Efesios 2:8; 2.a Timoteo 1:9; Tito 3:4 y 5. En versículos como 1.a Pedro 1:9 y 10; Hebreos 5:9 y Judas 3, la palabra abarca toda la obra de Dios a favor del creyente.

 

Presente y continua. Es voluntad de Dios que Su obra salvadora se manifieste plenamente en las vidas de los creyentes. Este tema roza con el de la santificación que se tratará en el capítulo 17, pero podemos notar aquí los textos que lo relacionan con la salvación. «Ocupaos en [llevad a cabo] vuestra propia salvación con temor y tem­blor» (Fil. 2:12); es decir, todos los efectos de la salvación, que ya es nuestra, han de cumplirse y manifestarse en un sentido análogo. «Anhelad, como niñitos recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación» (1 P. 2:2); o sea, para una vida espiri­tual plenamente desarrollada. (Véase también 2 Ti. 3:15; 1 Co. 15:2; 1 Ti. 4:16; He. 7:25; Stg. 1:21.) Es una salvación presente y progresiva, por la cual el poder divino que fluye de la cruz y de la resurrección, aplicado al creyente por el Espí­ritu Santo, hace efectiva su liberación del domi­nio del pecado y le prepara para el destino eterno propuesto por Dios.

 

Futura. Aún gemimos en este cuerpo, sin­tiendo tanto los impulsos de la carne por dentro como la presión del mundo por fuera, pero somos «guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero» (1 P. 1:5). En este sentido, «ahora está más cerca nues­tra salvación que cuando creímos» (Ro. 13:11). La salvación completa se relaciona con la Venida del Señor (1 Ts. 1:9 y 10; 5:8 y 9) y abarca toda la obra de Dios en cuanto a la totalidad del hom­bre, ya que recibirá, en la primera resurrección, un cuerpo glorificado por medio del cual se cumplirá todo el propósito de Dios en orden al hom­bre (1 Co. 15:42-55). Todas las posibilidades de la personalidad del hombre han de desarrollarse en el estado eterno sin estorbo y dentro de la volun­tad de Dios, y se manifestará todo el sentido del decreto original: «Hagamos al hombre a nuestra imagen...»

 

La seguridad eterna del creyente

 

La vida triunfal del Señor y Su obra a la dies­tra de Dios son ya garantía de nuestra salvación eterna: «Porque si siendo enemigos, fuimos re­conciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos sal­vos por su vida»; «Éste [Cristo]... tiene un sacer­docio inmutable; por lo cual puede salvar tam­bién perpetuamente a los que por él se acercan a Dios» (Ro. 5:9 y 10; He. 7:24 y 25). (Véase tam­bién Jn. 5:24; 10:28-30; Ro. 8:29-39; 1 Jn. 5:13; Ro. 8:1). Sin embargo, debemos cuidar la salvación con santidad, oración y servicio en la iglesia. La salvación pende de un hilo, pero lo que si es seguro es que en Cristo somos más que vencedores. De manera que tenemos que estar cuidando este precioso regalo, puesto que Satanás anda como león rugiente, buscando a quien devorar (1 Pedro 5:8). Nuestra seguridad de la salvación, depende del cuidado que tengamos para no descarriarnos y caer en pecado; por el contrario, debemos ser santos y consagrados para Dios, con el fin de que nuestra fe no mengue.